Jorge Aquista
50 años de experiencias en procesos creativos

Mi arte consiste en poner en movimiento eso que sentís.
De chico tenía dos grandes héroes: Jesús y Batman.
Uno caminaba sobre el agua y curaba a la gente. El otro saltaba de noche por los techos de Ciudad Gótica.
Para mí no había ninguna contradicción.
Los dos hacían cosas que parecían imposibles.
Y yo pensaba: eso es exactamente lo que quiero hacer yo.
No Batman por la capa… aunque, para qué negarlo, la capa tenía lo suyo.
Y a Jesús tampoco lo admiraba por la religión.
Lo que me fascinaba era que los dos aparecían… y, después de su paso, algo había cambiado. Nada volvía a ser igual.
A los doce años quería ser maestro.
A los catorce, actor.
Por fin había encontrado una profesión donde podía ser Jesús, Batman, maestro y explorar muchos otros roles... hasta encontrar el mío.
A los diecisiete escribí mi primera obra de teatro y la dirigí. Muy temprano entendí que mi camino no iba a ser precisamente una línea recta.
Lo desconocido siempre me resultó mucho más atractivo que lo conocido.
Nunca me interesaron demasiado las respuestas.
Me interesaban las preguntas.
¿Por qué una persona nos conmueve y otra no?
¿Por qué a veces un solo gesto transforma por completo la energía de un encuentro?
¿Y por qué, de repente, nos sentimos más nosotros mismos?
Esas preguntas nunca dejaron de moverme.
Así que aprendí.
De maestros.
De colegas.
En el escenario.
Dando clases.
Y, sobre todo, probando.
Observando.
Equivocándome.
Volviendo a empezar.
Nunca fui muy bueno para aceptar un método porque sí. Necesitaba desarmarlo para entender por qué funcionaba... o por qué no.
Durante muchos años trabajé como actor, director y docente, primero en Argentina y después en Europa. Escribí obras, dirigí espectáculos y coordiné talleres.
Pero cuanto más trabajaba, más claro veía que, en realidad, estaba investigando otra cosa.
No el teatro.
Al ser humano.
No el personaje.
Sino la persona que vive detrás del personaje.
No la técnica.
Sino ese instante en que algo se vuelve verdaderamente auténtico.
Hasta que un día descubrí que el escenario me había quedado chico.
No por el espacio.
Por el tiempo.
Después de dos horas, la función terminaba.
Mi curiosidad, no.
Y a mí me interesaba lo que pasaba al día siguiente.
Qué quedaba cuando el aplauso se apagaba.
Cómo cambia una persona cuando tiene tiempo para encontrarse consigo misma.
Así fue como los talleres, los seminarios y, más tarde, el trabajo individual se convirtieron en el corazón de mi trabajo.
La mayoría de las personas que llegan a mí ya probaron de todo.
Leyeron.
Entendieron.
Analizaron.
Aprendieron.
Rara vez les falta información.
Lo que buscan es otra cosa.
Yo la llamo magia.
La llamo magia porque existen esos momentos en los que algo empieza a moverse.
Sin esfuerzo.
Sin recetas.
Sin que nadie pueda explicar por qué justo ahora.
De pronto aparece una mirada nueva.
El cuerpo recuerda algo que la cabeza había olvidado hace mucho.
Y lo que parecía inmóvil vuelve a tener vida.
Ahí es donde empieza mi trabajo.
Soy artista.
Creo espacios donde cada persona puede descubrir algo esencial de sí misma.
Por eso no trabajo con fórmulas.
Cada encuentro es único.
Cada persona llega con su propia historia, su propio lenguaje y su propia verdad.
Me interesa descubrir qué puede nacer cuando nos animamos a entrar en un territorio nuevo.
Hoy veo con claridad el hilo que une toda mi vida.
De chico quería cambiar el mundo.
Hoy me basta con algo que, para mí, es casi un milagro:
que una persona vuelva a encontrarse consigo misma.
Para eso abro espacios.
Para eso provoco movimientos.
Y para eso vivo mi arte.



50 años de experiencias en procesos creativos

Mi arte consiste en poner en movimiento eso que sentís.
De chico tenía dos grandes héroes: Jesús y Batman.
Uno caminaba sobre el agua y curaba a la gente. El otro saltaba de noche por los techos de Ciudad Gótica.
Para mí no había ninguna contradicción.
Los dos hacían cosas que parecían imposibles.
Y yo pensaba: eso es exactamente lo que quiero hacer yo.
No Batman por la capa… aunque, para qué negarlo, la capa tenía lo suyo.
Y a Jesús tampoco lo admiraba por la religión.
Lo que me fascinaba era que los dos aparecían… y, después de su paso, algo había cambiado. Nada volvía a ser igual.
A los doce años quería ser maestro.
A los catorce, actor.
Por fin había encontrado una profesión donde podía ser Jesús, Batman, maestro y explorar muchos otros roles... hasta encontrar el mío.
A los diecisiete escribí mi primera obra de teatro y la dirigí. Muy temprano entendí que mi camino no iba a ser precisamente una línea recta.
Lo desconocido siempre me resultó mucho más atractivo que lo conocido.
Nunca me interesaron demasiado las respuestas.
Me interesaban las preguntas.
¿Por qué una persona nos conmueve y otra no?
¿Por qué a veces un solo gesto transforma por completo la energía de un encuentro?
¿Y por qué, de repente, nos sentimos más nosotros mismos?
Esas preguntas nunca dejaron de moverme.
Así que aprendí.
De maestros.
De colegas.
En el escenario.
Dando clases.
Y, sobre todo, probando.
Observando.
Equivocándome.
Volviendo a empezar.
Nunca fui muy bueno para aceptar un método porque sí. Necesitaba desarmarlo para entender por qué funcionaba... o por qué no.
Durante muchos años trabajé como actor, director y docente, primero en Argentina y después en Europa. Escribí obras, dirigí espectáculos y coordiné talleres.
Pero cuanto más trabajaba, más claro veía que, en realidad, estaba investigando otra cosa.
No el teatro.
Al ser humano.
No el personaje.
Sino la persona que vive detrás del personaje.
No la técnica.
Sino ese instante en que algo se vuelve verdaderamente auténtico.
Hasta que un día descubrí que el escenario me había quedado chico.
No por el espacio.
Por el tiempo.
Después de dos horas, la función terminaba.
Mi curiosidad, no.
Y a mí me interesaba lo que pasaba al día siguiente.
Qué quedaba cuando el aplauso se apagaba.
Cómo cambia una persona cuando tiene tiempo para encontrarse consigo misma.
Así fue como los talleres, los seminarios y, más tarde, el trabajo individual se convirtieron en el corazón de mi trabajo.
La mayoría de las personas que llegan a mí ya probaron de todo.
Leyeron.
Entendieron.
Analizaron.
Aprendieron.
Rara vez les falta información.
Lo que buscan es otra cosa.
Yo la llamo magia.
La llamo magia porque existen esos momentos en los que algo empieza a moverse.
Sin esfuerzo.
Sin recetas.
Sin que nadie pueda explicar por qué justo ahora.
De pronto aparece una mirada nueva.
El cuerpo recuerda algo que la cabeza había olvidado hace mucho.
Y lo que parecía inmóvil vuelve a tener vida.
Ahí es donde empieza mi trabajo.
Soy artista.
Creo espacios donde cada persona puede descubrir algo esencial de sí misma.
Por eso no trabajo con fórmulas.
Cada encuentro es único.
Cada persona llega con su propia historia, su propio lenguaje y su propia verdad.
Me interesa descubrir qué puede nacer cuando nos animamos a entrar en un territorio nuevo.
Hoy veo con claridad el hilo que une toda mi vida.
De chico quería cambiar el mundo.
Hoy me basta con algo que, para mí, es casi un milagro:
que una persona vuelva a encontrarse consigo misma.
Para eso abro espacios.
Para eso provoco movimientos.
Y para eso vivo mi arte.




